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El Legado

Gonzalo Araluce.     13-06-2018

ETA ha sido, es y será. Los terroristas han escenificado su disolución, la extinción de sus siglas, pero aún queda lo más importante: escribir la última página de su legado de terror. La despedida de ETA no debe inducir a error. Es momento de contar, como dijera Antonio Muñoz Molina en 2012, en el sentido aritmético y narrativo. Contar cuántos crímenes, secuestros y extorsiones han cometido. Contar cómo lo hicieron y, ante todo, la dignidad que define a sus víctimas, a las que les debemos cualquier atisbo de libertad que nos acompañe. No dejemos que sean ellos, los asesinos y su entorno, quienes nos arrebaten la victoria de toda una sociedad frente al chantaje.

ETA ha sido. En julio de 2009, la deflagración alcanzó de pleno a los guardias civiles Diego Salvá y Carlos Sáenz de Tejada García en Calviá (Mallorca), los últimos dos asesinados en territorio nacional. Hay que conocer las historias de sus familias. Marina Salvá, la hermana de Diego, habla desde la alegría de haber conocido a su hermano, no desde el rencor a quienes se lo arrebataron. En realidad, hay que escuchar a todas las personas -se lo debemos- que han sufrido los zarpazos de ETA. No hay dos historias iguales, aunque la ignorancia nos empuje a pensar que todas se escriben con la misma pluma. Los matices de sus existencias sostienen nuestros pilares más fundamentales.

ETA es. Aún mantienen vivas unas estructuras que pretenden dar forma a una justificación histórica. Esa es su gran obsesión, encontrar la connivencia de una parte del pueblo al que dicen representar. Y, en cierta medida, lo logran. Basta con mirar las pintadas y las pancartas en País Vasco y Navarra en las que agradecen la actuación de sus valientes gudaris; basta con escuchar a aquellos que, desde las instituciones, se niegan a condenar -en un anacronismo alarmante y doloroso- la actuación de los terroristas. “Basta ya”, deberíamos decir al unísono los que creemos en valores libres.

Pero ETA, más que nada, será. Puede que la sociedad no recuerde, por desconocimiento, el dolor que se esconde entre las cuatro paredes de una casa cuando golpea la sinrazón. El desgarro entre las cuatro paredes del alma por una ausencia perenne e injustificada. Eso siempre permanecerá en una batalla interior, hiriente e invisible. Como para decirles a todas esas personas que tienen que alegrarse porque ETA anuncia su disolución. Debemos felicitarnos, sí, por haberla arrinconado hasta su extenuación; el luto ya es cosa de cada uno.

No conocí a mi abuelo. Mi tía Maite, quien asume la presidencia de la AVT, es su hija. Lo mataron el 4 de octubre de 1976 en San Sebastián. También a su chófer y a sus tres escoltas. La calle del crimen se llama hoy Avenida de la Libertad. No lo conocí, pero es una parte fundamental de mí; me atrevo a decir que de todos nosotros, sus nietos. Su vida -y su muerte- estructuran lo que somos. Como Marina Salvá, sentimos orgullo por quién fue nuestro abuelo. 

Desconozco si los que rebautizaron aquella calle como Avenida de la Libertad saben lo que allí ocurrió. Puede que hasta algunos le den otro significado. Para mí, libertad es mi abuelo. También mi abuela, que ha hecho que crezcamos lejos del odio. Y mis padres. Tenemos toda la responsabilidad en nuestras manos.

La brecha tardará varias generaciones en cerrarse, si es que lo conseguimos. Los cuerpos policiales y la Justicia tendrán que dar el carpetazo definitivo a medio siglo de asesinatos. Que lo consigan aportando la mayor luz posible a cincuenta años de oscuridad. 

A nosotros, a la sociedad, nos corresponde levantarnos ante la inmoralidad, indignarnos ante aquellos que pretenden blanquear lo que ETA ha sido, es y será. Habremos de ser justos y consecuentes con un legado por el que muchos han muerto, ya sea en el sentido físico o en lo más profundo de su espíritu.

No conocí a mi abuelo Juanmari, pero soy -somos- gracias a él y a cientos de personas. No dejemos que eso nos lo arrebate nadie.


*Gonzalo Araluce es periodista, autor de los libros 'Relatos de Plomo, Historia del terrorismo en Navarra' y 'Sangre, Sudor y Paz, la Guardia Civil contra ETA'. Su abuelo, Juan María Araluce, presidente de la Diputación de Guipúzcoa y consejero del Reino, fue asesinado en 1976.

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