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Lorenzo Díaz García Campoy.     09-05-2017

A veces uno se siente ahogado. Ahogado en términos, palabras, voces. Resulta trágicamente sencillo perderse en un laberinto de treguas, desarmes, verificadores, ‘mensajeros de la paz’, de pretendidas equidistancias y focos sesgados que hacen que uno se plantee cosas aparentemente obvias. Nacido en los 90, no habiendo vivido los años de plomo, uno se tiene que nutrir de lo que le cuentan o de lo que ve en diferentes medios de comunicación. Yo no estuve allí.

 

Hablando con mi jefa en Informativos Telecinco, Rosa Lerchundi, que sí estuvo en Bidart o leyendo a Jesús María Zuloaga en el diario LA RAZÓN en un artículo memorable titulado “Informar con el aliento de ETA en la nuca” me ha hecho pensar en mi aportación periodística en la información de los años de ETA y sus víctimas: ¿Qué puedo aportar, yo, que no estuve allí?

 

Estas últimas semanas diferentes medios de comunicación recogían la publicación del último libro del politólogo americano David Rieff ‘El elogio del olvido’. En él, el autor se pregunta qué sirve más para la paz: si el “olvido o el recuerdo”. Rieff plantea un idea que me llamó la atención, la de que el recuerdo puede ser tóxico y que, en ocasiones, lo conveniente, lo que es mejor, es olvidar. David Rieff sugiere en sus textos que se puede aceptar una paz sin justicia. Que hay que elegir: si primar la paz o el daño de las víctimas. Y él lo tiene claro: “Es más importante la paz que la justicia de las víctimas”.

 

Una persona joven, ajena o más bien distante a lo ocurrido en España mientras el terrorismo de ETA fue una constante y sangrienta realidad, puede leer a David Rieff y pensar que quizás tiene razón. Que quizás, cuando se produce un conflicto, una guerra entre bandos, parece lógico creer que los dos bandos tienen que hacer sacrificios y tienen -con el objetivo de alcanzar tan ansiada paz- que aceptar una justicia incompleta porque es ‘lo que toca’ en un determinado momento cuando parece que las cosas se están apagando. Créanme, esa triste confusión puede estar ahí.

 

En este punto es donde ese mismo joven, tras una pequeña reflexión que no necesita más de 5 minutos, se cerciora de la tremenda importancia del lenguaje. De la potencia y del significado que tienen palabras como paz, conflicto, tregua. Porque todas esas palabras llevan consigo un significado mucho más amplio del que uno es consciente en un primer momento, y pueden (de hecho, lo son) ser utilizadas con fines perversos.

 

Empezando por la tan mencionada paz. El joven, se pregunta: ¿Qué paz? ¿De qué guerra? Parece indudable que si hablamos de paz en este contexto estamos hablando de poner fin a una guerra, a un conflicto, entre dos bandos. Por más que el joven busca, por más que lee, no encuentra dos bandos en ningún sitio. Una banda terrorista ha asesinado durante décadas a personas inocentes por el simple hecho de pensar diferente. Punto. ¿Dónde está el otro bando? ¿De qué conflicto le hablan?

 

Ideas tan sencillas como la anterior expuesta son muy fáciles de ser intoxicadas. Y todo a cuenta del tan mencionado relato, ojo. Al inocente joven le cuentan un día en la universidad que sí, que claro que hubo terrorismo. Pero eso “no quita” que tenga que existir un relato “para todos”; que el relato que no puede estar “escrito” solo por las víctimas. ¿Y saben por qué? Porque en la historia sangrienta de ETA “hay muchos matices”. Se lo dice un profesor de la universidad por el que tiene un moderado respeto. El joven calla, claro. ¿Qué sabe él, que no estuvo ahí?

 

Pero de nuevo, el joven llega a su casa y piensa. Reflexiona. Una palabra ocupa su mente: matices. El joven, que no ha vivido un asesinato en sus carnes, sí ha vivido la muerte muy de cerca. Sabe lo que es la muerte y sabe lo que es dolor que supone que te arrebaten a un ser querido. Y ese mismo joven, años más tarde, quiere responder a su profesor y a todos los que intentan blanqueos a través de matices. Porque el joven sabe algo, y es que la muerte no conoce matices. La muerte es cruda, despiadada, intolerante e intransigente. Y si estamos hablando de asesinatos, el componente de injusticia se eleva a la máxima potencia. ¿Qué matices caben en un asesinato? ¿Se imaginan que los pormenores de una relación sentimental condicionarán un asesinato machista?


Las posibles dudas se van disipando y este joven que les habla, con experiencias parecidas, se da cuenta de que sí tiene mucho que aportar porque el trabajo que queda por delante es inmenso. Incluso se permite lanzar una advertencia: cuidado con el llamado relato. Ya no es solo el vocabulario de quien quiere blanquear el terror, es la propia palabra, el relato, la que implica admitir que existen versiones, opiniones e interpretaciones de una misma realidad. Y viene una generación que no sabe lo que es ETA, toca contarlo. Toca contárnoslo. Y ahí -llámenlo relato o como les dé la gana- está la lucha. La batalla. Los bandos, si quieren. Ahora sí. “Y no es venganza, es calidad democrática”, efectivamente Maite Pagazaurtundua, yo tampoco firmo el empate entre el terror y la ley. Y es responsabilidad de todos que los jóvenes, los que están y los que llegarán, tampoco lo hagan.

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